"Tengo estrellas en el cielo... pero anhelo una pequeña lámpara apagada en mi casa." — Rabindranath Tagore.

A diferencia de la iluminación cenital, una lámpara siempre está más cerca de las personas. No crea escala, sino proximidad; no ilumina la arquitectura, sino la vida que hay en ella. Por eso su luz se percibe como calidez, como presencia, como señal de que el espacio está habitado.

La lámpara antigua encarna esta cualidad de una manera particular, ya que su luz también está ligada a la historia del objeto. No se limita a iluminar, sino que crea una atmósfera: atrae a la gente al anochecer, acentuando las sombras y suavizando la luz.

La lámpara es el centro de un microcosmos interior. No dominante, pero atractiva. Una luz a la que uno regresa.

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